Antes de decir ninguna cosa con respecto a John Carpenter, quiero dejarle claro a mi amigo el lector cinéfilo que esta columna la escribo total y completamente desde la esquina del fanatismo ñoño.
Hecha esta aclaración, prosigo.
La primera película de Carpenter que vi fue The Thing (La Cosa), cuando tenía alrededor de 10 años y mis padres la trajeron arrendada de la Errols. Recuerdo estos hechos porque marcaron un hito importante en mi vida: fue la primera vez que sentí el miedo visceral. Recuerdo que no pude dormir bien esa noche, pensando en una eventual pandemia mundial de aquellos seres alienígenas que copiaban a sus huéspedes a la perfección, pasando desapercibidos entre los demás seres humanos, a la espera de su próxima víctima.
Sin embargo, lo que más me perturbó en aquellos incipientes años cinéfilos fue la atmósfera de permanente tensión e incertidumbre en la que se encontraban literalmente atrapados los protagonistas. Sin poder salir de la pequeña base en la Antártica debido a una larga tormenta de nieve, al tiempo que eran acechados por una criatura que actuaba silenciosamente de noche asesinando, copiando a sus víctimas y multiplicándose, los personajes de pronto se veían inmersos en una situación enrarecida donde todos sospechaban de todos, sin poder evitar el tener que verse las caras continuamente, sin poder escapar, sin poder evitar el terror al otro, a lo desconocido.
Todo esto sazonado con un inquietante condimento que pronto aprendería a reconocer y apreciar como parte inseparable del trabajo de este talentoso director: la música.
Esa línea de bajos “bum – bum… bum – bum…”, simple, regular, machacante, de alguna forma era el sustento del inconsciente perfecto para esta obra maestra del horror y que me obligaba a mantener mis ojos abiertos como platos sobresaliendo entre las sábanas en las que pretendía esconderme.
A mis 10 cortos años, John Carpenter se transformó en el primer cineasta al que alabé por su obra.
Mis padres se dieron cuenta del terror que me había causado esta primera experiencia tanto como mi fascinación por ella, y decidieron volverme a hacer pasar por ella cada vez que la precaria situación financiera permitiera un viaje al Errols de Vicuña Mackenna.
Así, entre los 10 y 13 años el domingo familiar estaba intrínsecamente ligado a ver películas de terror… de John Carpenter.
La Cosa, Escape de Nueva York, Body Bags, Halloween, Sobreviven, El Príncipe de las Tinieblas, Christine, La Niebla, El Pueblo de los Malditos, todas pasaron por el televisor de mi casa dejándome el recuerdo indeleble de una fascinación primero por el autor, luego por el género y finalmente por el tipo de arte que terminó por hacerme estar aquí escribiéndoles el día de hoy.
Como bien digo, el cine de Carpenter fue primero mi puerta de entrada al mundo del cine, pero luego se convirtió en mi referente en cuanto a metodología predilecta para hacer películas.
Verán, con el correr de los años y como es costumbre a la mayoría de los cineastas modernos, impulsados por este ímpetu hacia el cine de terror que aprendí en esos años, fue que empecé a hacer mis propias cintas de terror, tratando de emular al Maestro.
Muchos años después aún recordaba esos días de producción minimalista con especial cariño pensando que era imposible, empero, hacer una película de esa forma. Fue entonces, unos ocho años después de toda esa época gloriosa, que volví a ver DARK STAR (Estrella Oscura), esta vez con otros ojos.
Increíblemente, Carpenter volvió a volarme la cabeza en pedazos sanguinolentos.
¿Qué era aquello?, ¿una película donde una pelota de playa pintada con spray era un personaje maligno?, ¿una nave espacial ocupada por 4 personajes y, pese a ello, en completo estado de abandono?, ¿paneles de control hechos con desechos, también pintados con spray?. ¿Cómo era posible que esto también fuese una obra maestra?.
La desnudez estética de esta película me enseñó algo: más que el presupuesto, más que el tipo de cámara que se use, más que las locaciones, o la fotografía, o el arte o incluso el montaje, eran las actuaciones y el guión lo que yo más valoraba de una película. Dark Star es una película que se sustenta única y exclusivamente por el guión, lleno de humor negro, puesto en escena magistralmente por unos actores que reflejan a lo largo de la película una desidia tanto por sí mismos como por sus compañeros, enfrascados desde hace décadas en una misión ridícula y rutinaria: destruir planetas inestables en lejanos confines de la galaxia, lejos de toda posibilidad de regresar a la Tierra.
Es esta soledad y aislamiento, al igual que en The Thing, la que vuelca toda nuestra atención hacia los personajes, haciéndonos ver esta vez en sus ojos no el terror a lo desconocido, sino la completa indiferencia hacia él. El tedio ante lo rutinario es tal que en el momento que trascurre la película los astronautas han perdido toda la capacidad de reacción ante cualquier estímulo fuera de esa rutina. Es así como algo tan simple como limpiar la jaula de la mascota de la nave termina convirtiéndose en una magistral escena donde la pelota de playa mencionada anteriormente lanza al Sargento Pinback hacia el túnel del ascensor de la nave, tratando de matarlo, y ése queda colgando mientras suena a todo volumen el Fígaro del Barbero de Sevilla proveniente del ascensor que sube y baja, al tiempo que sus compañeros no le prestan la más mínima atención.
Fue entonces que comprendí que eso era lo que yo quería hacer, y era ese el sistema de producción que quería ocupar para lograr ese tipo de películas.
Posteriormente, y ya ad portas del siglo XXI, pude ver In The Mouth of Madness (Al Borde de la Locura), y nuevamente mi ancestral Maestro me enseñó algo nuevo.
Primero fue el amor por el cine, luego me enseñó a valorar ciertas cualidades específicas del cine, y con esta última descubrí un tipo de narración que desde entonces no he parado de ver por todos lados y valorar muchísimo: la de una historia dentro de otra. A medida que nos internamos en la película, vamos poco a poco perdiendo el sentido de la realidad al mismo tiempo que su protagonista, interpretado magistralmente por Sam Neil. Éste va poco a poco perdiendo la cordura en un camino que parece estar predestinado, y del cual trata de renegar logrando únicamente cumplir con los planes de una entidad omnipotente más malvada que el propio Satanás. Todo esto es la historia que ocurre dentro de otra historia, la cual acontece en un tiempo presente alterno donde el único que parece ver ambas historias paralelas es el propio protagonista… y el espectador.
En sí, el guión mismo nos envuelve en una espiral de irracionalidad que, tras finalizado el film, nos hace entender el por qué del título de éste. Además, nos deja una sensación de inminente desastre a manos de las fuerzas del mal, muy acorde al espíritu que se vivía por aquellos días seculares.
Se me acaba el espacio para esta columna. Siento no haber hablado de datos con respecto a mi ídolo, pero creo que hay un artículo en Wikipedia (en inglés y en español) que les puede servir. Siento mucho no haberme podido explayar con respecto a la música de Carpenter, que es todo un tema aparte, como también siento no haberme referido a la creación, en Halloween, de Michael Myers, dios del cual surgió el género slasher, ultra popular en mi generación.
Los Gremlins, Pesadilla, Viernes 13, son todos subproductos del trabajo de John Carpenter.
Cualquier cinéfilo tiene experiencias introductorias al séptimo arte, y no soy la excepción. El día de hoy quise hablar de mi ídolo que, pese a ser un maestro del terror y del miedo, a mí me causó todo lo contrario… y lo mismo a la vez.
NOTA: Escribiendo esta columna me di cuenta que los directores slasher y yo compartimos
ídolos comunes.
¿Qué podría significar eso?, ¿estaré al borde de una nueva revelación?
Lord Deivid |
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